Ya es abril. Esta entrada debería haber estado lista en enero, pero la vida y sus ritmos me llevaron a terminarla hoy.
Ya vamos por el cuarto mes del año. En el lenguaje corporativo, esto se traduce en que el 2Q ha comenzado. En el calendario comercial, ya pasamos por San Valentín y el Día de la Mujer, mientras la cuenta regresiva hacia el Mundial cada vez está más cerca.
A inicios de enero quería escribir sobre los comienzos. Sobre aprovechar esos arranques colectivos para intencionar proyectos, explorar nuevas oportunidades y disfrutar de esos inicios ficticios que nos regala el calendario. Y no lo hice. No sé muy bien por qué. Solo sé que, de repente, ya era abril.
Y de ahí nace este texto: de la extraña inquietud de sentir que el 2026 corre a una velocidad que no es la mía.
¿Qué hacer cuando la medición del tiempo cambia?
Durante el colegio y la universidad era fácil marcar inicios y fines. En cada etapa cabía una existencia entera: rutinas, personas, historias. Todo se vivía con más presencia porque era mucho más fácil delimitar cuándo arrancaba algo nuevo y cuándo llegaría su final.
Después de salir de esa estructura, esa ruta desapareció. Medir el paso del tiempo a través de proyectos o fechas del mercado es funcional, pero no es lo mismo. Y esa diferencia me genera incomodidad.
Me da miedo ver pasar las semanas. Me asusta empezar a entender a mis tías cuando decían: «No sé en qué momento llegué a los cincuenta». Me preocupa que la rapidez de la vida adulta se deba a que los cambios, aunque existan, ya no tienen la intensidad de antes.
Hay algo estructural detrás de esto. En una sociedad que premia la eficiencia y la productividad, el tiempo se convierte en un rival. Un recurso escaso que se divide, se invierte, se acelera y se vende. Como señala Safranski, vivimos bajo un «estricto régimen» que nos obliga a ganar tiempo, pero que nos impide habitarlo.
Su propuesta me resuena hoy: necesitamos una nueva política del tiempo. Una que recupere nuestro derecho a tener experiencias. «La experiencia necesita tiempo, tiempo de elaboración», escribe. Para que la información y la percepción se conviertan en algo significativo, necesitan ser procesadas. Y eso es precisamente lo que la aceleración moderna nos está quitando: el espacio para digerir lo que vivimos.
Quizás el primer cambio no está en lo que hacemos, sino en cómo concebimos el tiempo. Merecemos formas más sanas de relacionarnos con él, formas que no pasen solo por la angustia de no aprovecharlo o por la presión de ser productivos. Formas que incluyan el disfrute, la presencia, el simple hecho de estar conscientes de lo que está pasando mientras pasa.
Formas concretas de relacionarse distinto con el tiempo
Algunas prácticas que me han ayudado (y otras que estoy probando) para que los meses no sean solo una sucesión de entregables y festivos comerciales.
1. Tomar pausas de verdad No solo descanso físico. Pausas para procesar. Puede ser un rato sin pantallas, caminar en silencio, o simplemente sentarse cinco minutos sin tener que producir nada. El objetivo no es «recargar pilas» para seguir en el mismo ritmo, sino salir del ritmo por un momento y notar cómo estamos. Esto nos pone en modo observadores y no solo en ejecución, lo que en últimas es una forma de estar más presentes.
2. Poner límites con intención Se habla tanto de límites que el concepto a veces pierde peso. Más que una regla abstracta, un límite es notar qué nos genera incomodidad y atrevernos a comunicarlo. ¿Qué tiene que ver con el tiempo? Todo. Si no definimos los límites de la cancha, nuestro tiempo se va en lo de los demás. Los límites son, en el fondo, una forma de recuperar tiempo para lo que importa.
3. Marcar nuestros propios inicios Si ya no tenemos semestres ni años escolares, podemos crear nuestros propios puntos de partida (este punto lo sigo intentando implementar). Un cumpleaños, un viaje, el inicio de un mes, un lunes cualquiera. Los inicios ficticios son válidos. Lo que importa es usarlos para intencionar, para preguntarnos qué queremos que pase en ese nuevo tramo. Es una forma de salir del piloto automático y ponerle fecha a nuestras metas.
Cuando no le damos un lugar a lo que queremos lograr, la vida se pasa trabajando para otros.
4. Explorar otras formas de medir el tiempo En línea con el punto anterior, el calendario gregoriano es solo una de las maneras de organizar el tiempo. Hay culturas y tradiciones que lo entienden como algo circular: los ciclos lunares, las épocas de lluvia y de verano, los ritmos del cuerpo. Prestarle atención a esos ciclos, notar cómo cambia nuestra energía durante el año, cómo ciertas épocas nos piden más recogimiento y otras más movimiento, es una forma de relacionarnos con el tiempo desde la observación y no desde la presión.
5. Distinguir urgencia de importancia Mucho de lo que acelera el tiempo son cosas urgentes que, en retrospectiva, no eran tan importantes. Hacernos esa pregunta: ¿esto es urgente o es importante? nos entrena la atención hacia lo que realmente queremos que ocupe nuestro tiempo.
No vamos a poder evitar que el tiempo pase. Eso es, quizás, lo único verdaderamente inevitable. Pero ser conscientes de él: de cómo lo vivimos, de qué lo llena, de cómo lo medimos, puede marcar una diferencia enorme entre sentir que la vida «se fue» y sentir que realmente la habitamos.
Se vale empezar en abril. Se vale pausar, reevaluar, cambiar de camino. El tiempo no es un enemigo ni una carrera. Es el material del que está hecha la vida. Y eso, de vez en cuando, vale la pena recordarlo.

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