Seis años después del Covid: ¿Qué carajos aprendimos?


En poco tiempo se cumplirán seis años desde el primer caso de Covid. Desde entonces, el mundo sigue sintiéndose extraño y confuso. ¿O no?

A veces parece que sobre la pandemia ya todo está dicho.

Con el paso del tiempo, el tema ha ido quedando enterrado. De vez en cuando, algunas personas lo traen de vuelta como quien recuerda un mal sueño; otras revisitan sus efectos; y unas cuantas, como si sufrieran de amnesia, parecen haberlo dejado atrás por completo. Al final, lo entiendo. El tiempo hace lo suyo y, por más difícil que haya sido, la vida sigue.

Pero estos días, después de leer los —prácticamente inexistentes— resultados de la COP30, volví a sentir esa misma sensación incómoda de entonces: incluso después de atravesar crisis gigantescas —una pandemia mundial, incendios devastadores, inundaciones históricas, ataques violentos a escala global—, seguimos actuando como si nada hubiera pasado.

Recuerdo ese comentario que se repetía como un mantra: “de esta vamos a salir mejores”. Hoy, pensar en eso me genera una mezcla extraña entre risa y tristeza. Porque hablamos, conversamos, juramos que cambiaríamos nuestros hábitos, nuestra relación con el planeta,, con el trabajo, con el tiempo. Pero, al final, poco —o nada— cambió.

Y esa es quizás la parte que más me incomoda: lo rápido que olvidamos. ¿Cómo es posible que, después de todo, nada nos haya sacudido lo suficiente como para impulsar cambios reales?


La COP30 como espejo de nuestras contradicciones

Para esta última edición, la COP30 se realizó en Belém, Brasil, la puerta de entrada a la Amazonía. Un gesto simbólico que buscaba situar las conversaciones en el propio territorio, pero que terminó reflejando nuestras propias incoherencias:

  • Se construyó una autovía de 13 kilómetros atravesando un área protegida para «descongestionar» el tráfico del evento.
  • Se propuso usar cruceros como hoteles temporales, despertando alertas por el impacto ambiental y la gestión de residuos en la fauna local.

Más allá de la logística, los resultados fueron de una cautela asfixiante. Claro, hubo avances técnicos: por ejemplo, se acordó triplicar la financiación para adaptación y se lanzó el Fondo Bosques Tropicales para Siempre. Pero lo que realmente impactó fueron los silencios. En el documento final, la expresión “combustibles fósiles” ni siquiera aparece. Ni metas claras, ni compromisos vinculantes contra la deforestación. Nada.

La deforestación, tema vital para la Amazonía, quedó apenas mencionada en el preámbulo. El financiamiento climático volvió a estancarse y las decisiones fuertes quedaron, una vez más, aplazadas para los próximos dos años.


¿Entonces, qué sigue?

Quizás lo que más me preocupa, es esta sensación repetida: la pandemia, la COP, los incendios, las sequías… todo parece pasar sin movernos lo suficiente. Como si nuestra memoria colectiva tuviera un botón de “borrar” demasiado sensible.

Entiendo que, con la lluvia de información diaria y los pendientes que cada uno intenta manejar, es difícil vivir en un estado de alerta constante. Supongo que todos estamos haciendo lo mejor que podemos con lo que tenemos, pero… ¿esto es de verdad lo mejor que tenemos?

Llevo meses impregnada de esta mirada. He intentado buscarle el lado positivo, pero me encuentro bloqueada porque, quizás, no se trata de ser optimistas, sino de ser honestos.

Seis años después del primer caso de Covid, estoy segura de que el aprendizaje no era una receta mágica para ser mejores, sino el reconocimiento de que el olvido es una trampa. Mientras no construyamos sobre lo que hemos vivido, será imposible tener avances sostenibles. Mientras no nos demos el espacio para parar y reflexionar, seguiremos corriendo en una dirección que no elegimos.

Quizás el primer paso para que algo cambie no es buscar una solución mágica, sino negarse a apartar la vista. Me quedo con esta incomodidad, no como un destino, sino como un acto de resistencia frente al olvido.

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