Hay algo especial en saber que mi gato me recuerda por mi voz y no por mi cara.
Desde que llegó a mi vida, hace poco más de un año, he sentido cómo mi corazón se ha expandido. Es como si se hubiera despertado una parte de mí que no conocía: una versión que se enternece y se preocupa por la vida de otro ser —prácticamente en dosis iguales—.
Antes de Miel, llevaba más de diez años sin compartir mi espacio con animales no humanos. La última vez que lo hice, me dolió tanto su pérdida que cerré por completo esa posibilidad: abrirles espacio a otros no era una opción. Pero con el tiempo esa ausencia se fue transformando y después de tantos años empecé a reconocer que rodearme solo de humanos me resultaba insuficiente.
De a pocos mi mundo se fue llenando de conversaciones muy centradas en lo nuestro: lo urgente, lo pendiente, lo que alguien hizo y nos incomodó, lo que alguien dijo y nos gustó, lo que otro olvidó y nos dolió. Al final, eran conversaciones que giraban siempre alrededor de lo humano, de lo que nos conviene o nos afecta. Un mundo casi cerrado en sí mismo, que dejaba poco espacio para mirar más allá.
Me tomó años darme cuenta de que, en medio de ese antropocentrismo cotidiano, había dejado atrás otras formas de relacionarme con el mundo: las que no pasan por las palabras, las que tienen otros ritmos, otras pausas, otros silencios. Fue entonces cuando llegó Miel.
Conectar con Miel ha sido, de algún modo, volver a lo esencial. A darle un lugar a otras formas de relacionarme. A recordar que hay presencias que no necesitan palabras para ser importantes. Desde que llegó, he redescubierto el poder del silencio: de soltar lo urgente que en realidad no lo es, de bajarle al afán, de volver a la calma. De cuidar más allá de las palabras. Simplemente ser. Estar.
Lo curioso es que los gatos nunca me interesaron. Incluso me enorgullecía de decir que era una “persona de perros” (como si eso significara algo). Pero un día esa bolita de pelos se durmió sobre mí y lo demás cambió. Supongo que así funciona el amor: llega sin aviso y, cuando miro atrás, no entiendo cómo podía vivir sin él. Hoy me descubro mirando a los gatos con ternura, como si quisiera recuperar el tiempo perdido, como si mi amor tratara de ponerse al día.
Y mientras los miro, pienso que esta historia no es solo mía. La forma en que me he relacionado con los animales también hace parte de vínculos más amplios: el dolor profundo al perderlos, la indiferencia hacia algunos, la ternura inagotable que redescubro con Miel. Todas esas formas conviven en mí como recordatorio de que nunca ha existido una sola manera de vincularse a ellos. Ni para mí ni para nadie.
Como humanidad hemos tejido relaciones múltiples y contradictorias con los animales: los hemos convertido en compañía, alimento, fuerza de trabajo, amenaza, símbolo, objeto de admiración. Una red compleja que atraviesa nuestra historia y nuestras emociones.
Recuerdo que cuando entré a la universidad este tema me cautivó tanto que me intimidaba hablar de él. Aún hoy me incomoda, porque siento que cualquier palabra queda corta. Pero vuelvo una y otra vez, porque lo que despierta en mí es más grande que el miedo a simplificar.
En esa multiplicidad de vínculos se revela cómo organizamos el mundo: a quiénes reconocemos como merecedores de afecto, de quiénes aprendemos, a quiénes imitamos, qué dolores escuchamos, cuáles vidas importan.
Confieso que en mi caso, esa línea cada vez se ha vuelto más difusa. He pasado por un proceso consciente de reconocerme desde otros lugares donde la curiosidad y el asombro por lo no humano me interpelan. Y con el asombro vienen la admiración, el amor… y también el dolor.
Dolor por reconocerme parte de una relación que hiere a tantos otros seres.
Dolor por vernos enredados en problemas “de humanos”, como si lo que vivimos no tocara al resto.
Y, sobre todo, dolor por su invisibilidad: porque en esa ceguera también me reconozco. Porque al negar sus voces, negamos partes enteras de nosotros mismos.
Lo ha dicho Barbara J. King en su charla Grief and love in the animal kingdom: si reconociéramos que los animales sienten amor y duelo, podríamos empezar a construir un mundo más compasivo. Sin embargo, como sociedad seguimos negando esas emociones y reduciéndolos a un lugar marcado por lo utilitario, cuando también podrían ser reconocidos como presencias vitales en nuestra propia existencia: capaces de despertar otras emociones y de mostrarnos, con su forma de habitar el mundo, aprendizajes profundos.
Pienso que, si afináramos la mirada, podríamos aprender mucho más de ellos: de su paciencia, de sus silencios, de la forma en que habitan el tiempo sin urgencias, de su capacidad de estar plenamente presentes. Quizás ahí haya una pista hacia una vida menos ensimismada, menos atrapada en la productividad y el rendimiento. Tal vez el aprendizaje esté en dejarnos afectar por su forma de ser, y no solo en imponerles la nuestra.
En una sociedad tan acelerada y fragmentada, los animales nos ofrecen un espacio distinto de vínculo: uno que no depende de palabras, de productividad ni de rendimiento. Y aun así, nos falta tanto por aprender: más empatía, más paciencia, más amor.
Amar a un animal nos confronta con una pregunta incómoda: ¿por qué trazamos fronteras tan rígidas entre lo humano y lo no humano? ¿Qué dice de nosotros que podamos dar amor profundo a un gato mientras aceptamos la violencia hacia otros animales? Tal vez ese amor nos obliga a repensar nuestra humanidad misma.
Lo que me pasó con Miel no es solo personal. También me recuerda que los animales son espejos: reflejan la forma en que miramos el mundo y lo que decidimos reconocer en él.
Miel me recuerda por mi voz y no por mi cara. Ese gesto, simple y profundo, me invita a mirar hacia adentro: a preguntarme por vínculos que trascienden lo humano, a imaginar una sociedad distinta. Quizás, si reconociéramos las voces de otros seres y de otras formas de habitar el mundo, podríamos aprender a ser menos ensimismados, más compasivos. No sé si mejores, pero quizás sí más humanos.

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